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domingo, 30 de junio de 2013

Un final feliz


Era junio de 2012. Faltaba una semana para que concluyeramos sexto semestre. Todos mis amigos estaban muy contentos por el baile de graduación, pero al mismo tiempo nos sentíamos tristes. Contentos porque ya habíamos terminado una etapa más de nuestra vida, pero tristes porque después de ese baile, muchos ya no nos veríamos. Todo era aburrido en la escuela, ya no teníamos clases, pero solo asistíamos para echar relajo. Esa semana la dedicamos a recordar nuestras travesuras que hicimos en esos tres años. Eran tantos los recuerdos que era inevitable contener las lágrimas, pues el viernes 22 de junio todo cambiaría. 
El día del baile llegó. Era un día lluvioso. La avenida central, lugar donde se encuentra el salón, estaba inundada. El evento comenzó a las 18:00 horas, pero había tráfico y llegué una hora después. Mis amigos ya estaban cuando llegué. Empezamos a bailar y a echar desmadre. Posteriormente cenamos. A la hora de la cena todos ya estábamos ambientados. Después de la cena seguimos en nuestro relajo. Bailamos todo el tiempo. Los dj’s nos mojaban con whisky mientras bailábamos.  Era nuestra noche y teníamos que disfrutarla al máximo. Fue sorprendente ver a tantos compañeros festejando lo mismo que yo. Fue difícil llegar a esa noche, pues no fui la mejor alumna. Sin embargo, salí bien de la escuela y tuve mi fiesta de graduación. Esa noche fue mágica para mí. Sabía que algo mejor me esperaba. Y así es. Ahora estoy en la UAM  haciendo mi sexta entrada para que el profesor Cohen y mis compañeros evalúen la evolución que he adquirido conforme a mi forma de escribir al realizar este blog.
Cuando la fiesta estaba por terminar, unas amigas empezaron a hablar por micrófono. Dijeron palabras muy bonitas y todos empezaron a despedirse. Todos empezamos a abrazarnos y a tomarnos fotos mientras llorábamos. Cuando mis papás llegaron mí, yo seguía llorando, pues ya extrañaba a mis amigos.  Mi mamá solo me abrazó y me dijo: “Felicidades mi amor. Lograste salir del Bacho. Estoy muy orgullosa de ti”. Eso me puso muy feliz.
Realmente, para mí, no fue fácil despedirme de mis amigos, ya que con ellos pase muchas cosas. Todos tomaríamos caminos distintos y ya no vería a la mayoría de ellos. Hasta la fecha platico con ellos, pero no hemos podido salir todos juntos. Se que pronto nos reuniremos y recordaremos y haremos muchas cosas de nuevo.

domingo, 23 de junio de 2013

Encuentro con la muerte


Estaba cursando cuarto semestre en el Colegio de Bachilleres 9. Era un poco irresponsable y en ocasiones todo me daba igual, así que mis amigos y yo decidimos no entrar a clases y salirnos de la escuela a echar relajo, ya que era el cumpleaños de Óscar. Nos fuimos a la casa de Óscar, mi amigo, quien vivía atrás de la escuela. Empezamos a comer palomitas y a tomar, mientras jugamos jenga. El que tirara la torre tenía que tomarse un fondo. Era divertido al principio, pero después nos aburrimos. Decidimos salir a dar la vuelta en la motoneta de Óscar. Primero dijo que sí, pero como todos ya estábamos ebrios, nos dijo que no. Nos aburrimos de estar en casa de Óscar y preferíamos salir a jugar en la calle. El nos dijo: “Hagamos un trato. Salgamos a dar la vuelta en la moto, pero solo alrededor de la escuela, ya que ustedes no tienen licencia”. Todos dijimos que sí. Al principio eso hacíamos, pero después nos ganó la curiosidad de irnos más lejos. Óscar estaba platicando. Entonces les pregunté a Gaby y a Ivonne: “¿Vamos a dar la vuelta a la avenida 412?”.Ellas me dijeron que sí. Íbamos jugando. Cambiábamos de carril una y otra vez a una velocidad moderada, pero ellas me decían que más rápido y decidí acelerarle. No fue la mejor idea. Al momento que aceleré,  mi amiga Ivonne movió el volante. Delante de nosotras iba un camión, traté de frenar, pero me resultó inútil y chocamos contra él. Mi amiga Gabriela salió volando. Ivonne rodó debajo del camión y yo me estampé y caí. Traté de levantarme, pero me dolía el cuello y la cintura. El chofer del camino y algunos pasajeros  se bajaron a auxiliarnos. Ivonne se levantó y le dije que le hablara a Óscar. Llegaron las patrullas y una ambulancia. A Gaby y a mí nos pusieron un collarín. Los paramédicos nos decían que teníamos suerte de seguir con vida, ya que no llevábamos casco e íbamos a exceso de velocidad. Los oficiales querían llevarnos al Ministerio Público, ya que habíamos  manejado en estado de ebriedad, sin casco y sin permiso para conducir. Óscar llegó y habló con los policías. No dudo en lo más mínimo que les haya ofrecido dinero para que nos dejan ir. La motoneta se la llevaron al corralón. Óscar estaba muy enojado con nosotras, pero al mismo tiempo lloraba. Nos decía que esta muy contento de que siguiéramos con vida. Se sentía culpable de que nosotras estuviéramos así. Decía que de no haberse descuidado, nada de eso habría pasado. Nos llevaron al hospital para ver si no teníamos algún golpe interno. Al salir, Óscar y otros amigos nos llevaron nuestras casas.

Cuando llegué a mi casa, mi mamá se espantó al verme con collarín. La abrasé mientras lloraba y le decía que  la amaba y que me perdonara. Ella me preguntó que me había pasado. Le dije que había chocado el camión en el que venía, pues decidí nunca decirle la verdad.

domingo, 16 de junio de 2013

Primera borrachera


Cursaba el tercer año de secundaria. Viridiana, mi amiga, iba a cumplir 15 años y le harían una fiesta. Todas mis amigas estaban muy emocionadas por la ocasión. Me dieron solo un boleto y mi mamá no me dejaría ir sola. Además era una niña muy rebelde y tenia bajas calificaciones. Le supliqué que me dejara ir, pero todo el tiempo me decía que no. Decidí darme por vencida, pues sabía que nada de lo que le dijera serviría en ese momento.

Cuando llegó mi papá, lo primero que hice fue decirle de la fiesta. Él me dijo: “Jazmín, déjame cenar y después hablamos”. Sabía que tenía una esperanza de asistir. Cuando terminó de cenar le volví a mencionar el tema de la fiesta. Después de un rato me dijo: “Dame una buena razón para dejarte ir”. “Prometo ya no pelearme en la escuela. Voy a hacer mis tareas y no me voy a ir de pinta”, le respondí. También prometí ayudar a mi mamá con las labores de la casa, aunque sabían que no lo cumpliría.

Les rogué toda la semana y me porté de maravilla. Llegó el sábado. Yo aún no sabía si iría a la fiesta. Era mediodía y mi mamá me dijo: “Apúrate que ya es tarde ¿acaso no piensas ir a tu fiestecita?”. Esto me puso muy contenta. Me metí a bañar y me arreglé para irme a la fiesta.
 Mi papá llegó por mí a las 18:00 horas. Me dejó en el salón y dijo: “Vengo por ti a la una. Pórtate bien”.  

Entré al salón y me dirigí con mis amigas. Estuvimos platicando mientras cenábamos. Vimos Bailar a Viri. Todo marchaba de maravilla, hasta que me ganó la curiosidad de por tomar del vino que estaba en la mesa. Al principio fue desagradable el sabor, pero después me gustó y comencé a tomar como si fuera agua. Estaba completamente borracha. Ya no era consciente de  lo que hacía y mis amigas me cuidaron el resto de la fiesta.

Mis padres llegaron y entraron al salón por mí. Traté de disimular mi borrachera lo más que pude, pero era inútil. Caminaba y me iba de lado. No me dijeron nada en ese momento. Llegamos a casa y lo único que hice fue irme a dormir.

Al otro día no me acordaba de nada. Lo único que recordaba con claridad era lo que hicimos durante la cena. Me regañaron muy fuerte, pues tenía 14 años y ya había probado el alcohol. Desde aquella vez, cada que voy a una fiesta me dicen: “No quiero que tomes o nunca más en tu vida te voy a dejar salir. Mientras vivas en la casa, vas a hacer lo que nosotros digamos. Te parezca o no”.

domingo, 9 de junio de 2013

Aventura en cuatro ruedas


Mis tíos habían organizado una salida familiar para el día domingo. A mi papá le avisaron el viernes y desde luego, él no se negó a llevarnos. El lugar a donde iríamos era el misterio y esto hacia más emocionante las cosas.
Llegó el domingo. Estaba muy contenta, ya que me moría de ganas por salir. Tenía 11 años. Recuerdo que mi papá me regañó, ya que me decía que me pusiera suéter, pues al lugar donde iríamos hacia mucho frio, pero yo no quería. Emprendimos camino a casa de mis tíos. Cuándo llegamos, todos tenían unas mochilas de campamento. Después de que toda la familia se había reunido, partimos.
Cuando llegamos al misterioso lugar pregunté en donde estábamos. Mis padres me dijeron que en la marquesa.  Mi hermano y yo estábamos muy emocionados, pues era la primera vez que íbamos a un lugar así. Recuerdo que al ver que mis tíos y primos  que se subían alas cuatrimotos,  yo quería hacer lo mismo. Estaba de terca insistiéndole a mis padres que me dejaran subir, pero ellos me decían que no porque no sabía manejarlas. Hice mi berrinche y no le quería hablar a nadie. Uno de mis tíos me dijo que si me quería subir con el. Obviamente le dije que si. Voltee a ver a mis padres. Mi papá no hizo nada más que reírse, pero mi mamá me vio de una manera, que hasta le fecha no olvido su mirada.
Mientras iba con mi tío el me decía como manejarla. Disfruté tanto esa vuelta, que me quede con ganas de dar una yo solita. Mi hermano convenció a mis padres de que nos dejaran subir solos. Nos dejaron y yo la manejaba, pues me sentía muy autosuficiente. Íbamos a toda velocidad, pero a la hora de dar una vuelta, no disminuimos la velocidad. Esto provocó que saliéramos volando mi hermano y yo. La cuatrimoto calló encima de mi pierna. Yo caí sobre mi hermano. Me levanté y me  cercioré de tener nada. Vi a mi hermano y tampoco tenia nada. Todos mis tíos morían de risa, incluyendo a mis padres. Nadie fue a ayudarnos. Así que nos subimos de nuevo a la cuatrimoto y nos dirigimos con mis padres.  Mi papá nos preguntó que si estábamos bien. Nosotros le contestamos que si, que solo nos dolía el pie. Mi mamá me dijo que eso me buscaba por andar de necia, pero no me importó. Después dimos otras vueltas, pero ya no nos caímos. Todo fue muy divertido.


domingo, 2 de junio de 2013

El Tobogán de la Muerte

    
     Esta aventura sucedió un domingo. Salimos de mí casa muy temprano, pues iríamos de excursión con  el resto de la familia. Tenía ocho años aproximadamente y estaba muy emocionada. Recuerdo que mí papá le decía a mí mamá: “No olvides los boletos y la cámara”. Yo no sabía a donde iríamos. Solo miraba a mis padres que andaban de un lado a otro. Mi papá estaba enojado, ya que casi no llegábamos a casa de mis tíos y el camión nos estaba esperando.

     Una vez que emprendimos camino, pregunté  a donde iríamos y me decían que al Rollo. No tenía la más mínima idea de que era eso, pues imaginaba que era algo donde te daban vueltas. Cuando llegamos al Rollo me sorprendí mucho, ya que no era nada comparado a lo que imaginaba. Para poder ingresar, teníamos que pasar por un chorro de agua. La cual estaba muy fría y sentía que me ahogaba. Una vez dentro, me sorprendió ver un enorme tobogán. Les dije a mis padres que moría por subirme, pero no me hicieron caso.

     Nos separamos en pequeños grupos. Quería ir al tobogán,  pero mis papás no. Recuerdo que mi mamá me dijo: “Ni se te ocurra andar de salidita. Desaparécete de mi vista y vas a ver como te va”. Ante la amenaza de mi mamá tuve que estar a su lado todo el tiempo o al menos  hasta que tuviera un pequeño descuido para ir a divertirme.

     Mi mamá se puso a platicar con una tía y no desaproveche la oportunidad. Una  de mis tías me dijo: “Ven Jaz. Vamos al tobogán”. Sin pensarlo dos veces le dije que si y fui con ella. Estábamos por lanzarnos del tobogán, pero sentí remordimiento de haberme ido sin avisarle a mis padres. Tenía en mi mente las palabras de mamá, pero ya era demasiado tarde.  Nos dejamos caer. Yo gritaba y al mismo tiempo sentía un hueco en mi estomago. Mi tía me decía que no me fuera a soltar, pero al momento en que caímos a la piscina solté la mano de mi tía y como no sabía nadar me fui casi al fondo. Estaba desesperada por querer salir del agua, ya que me estaba ahogando. Lloraba al mismo tiempo que luchaba por salir, pues de no haber desobedecido a mi mamá eso no me hubiera pasado. Mi tía se reía cuando me sacó del agua. Me llevó con mi mamá, que me esperaba el pie de la piscina, ella muy enojada me dijo: “Eso te pasa por andar de salida”. Yo solo lloraba. Desde ahí aprendí a no volver a separarme de mamá en las salidas familiares donde hubiera agua de por medio.

     Me regañaron por lo que hice. Me hicieron ver y entender lo que me pudo haber pasado. Pero lo peor de todo fue que no me divertí en nada.